Esa tarde del mes de octubre, aún revolotea en mi interior la luz del sol en su momento más bajo y más lindo que nos puede ofrecer, dando una luz muy especial a las hojas que van cayendo de los árboles, y cuando toca el rayo de luz en su parte más clara y brilla, es como un guiño al ojo del fotógrafo para decir que es el momento idóneo de hacer disparos.
Aún quedaban veinte minutos para que viniese Isabel, a hacerse su primera sesión fotográfica para su book de bailarina, y mientras tanto veía ese atardecer desde la ventana de mi estudio.
Por fín pude conseguir mi primer estudio fotográfico tras varios años de trabajo y de búsqueda y de cuál sería el más idóneo; lo encontré por casualidad.
Fue también en una tarde del mes de octubre, como no, mi más dulce y apreciado mes de octubre, iba paseando por la calle Velázquez, que es la que más me inspira y me dá mucha tranquilidad. Cuando iba desde la Calle Goya hacia arriba de esa calle tan mágica antes de llegar a la calle Hermosilla, ví un letrero en un portal de SE VENDE, en un quinto piso, de un edificio de seis plantas, y piso por planta, pregunté al portero de la finca urbana; por lo visto el dueño le encargó que enseñara el piso a las personas interesadas, y lo fuimos a verlo en el acto. Y nada más ver el salón, ese sitio tan hermoso y amplio dando a la calle y esa luz que entraba de ese atardecer, me quedé ensimismado, no lo podía creer, justo lo que tenía en mi mente, en mis sueños, no hizo falta que viéramos el piso entero, me lo quería quedar, y era justo la distribución que quería. Faltó tiempo para que estuviéramos llamando al dueño para realizar la venta. Por fín mi propio estudio, tras años de compartir uno con otros fotógrafos. Mi sueño hecho realidad.
Tenía ya preparada la sesión fotográfica para Isabel, empezaríamos con un fondo blanco y terminaríamos con un fondo gris marengo. Recibí un mensaje de ella, el cual me despertó de mis pensamientos, mientras recordaba ese precioso día en que encontré el estudio, tardaría cinco minutos en llegar, ya había aparcado el coche, dijo.
No conocía a Isabel, solo habíamos hablado por whatsapp, no tenía IG, y ninguna red social que pudiera ver como era; tampoco sabía cómo era su voz, ni su cara, ni nada. Le dije que viniera sin maquillar y sin peinarse, ya que habría maquilladora que haría ese trabajo.
Primero llegó antes que ella la maquilladora, Elena, gran profesional y amiga ya, después de tantos años trabajando juntos, nos compaginamos muy bien, nos entendíamos a la perfección profesionalmente y trabajamos muy bien juntos, y hay que decirlo, nunca me falla, siempre está ahí cuando la llamo y con esa gran alegría y amabilidad que le caracteriza. Se acopló en su sitio, ya había estado muchas veces en mi estudio y tenía su rincón para ella, le gustaba mucho mi estudio, le tranquilizaba mucho, también como a mí esa luz y esos atardeceres, muchas ocasiones venía a mi estudio solo para hablar, mientras nos tomamos un merecido Larios tónica en vaso de tubo con tres hielos y su jugo de limón natural recién exprimido, y se nos pasan las horas sin darnos cuenta sentados en el sofá tipo chester.
Y de repente sonó el timbre de la puerta, fui abrir, y era Isabel. La primera vez que la veía, me quedé anonadado ante tanta belleza, iba con unos pantalones negros, camisa blanca, un pañuelo rojo, pelo castaño, recogido, una tez blanquita y unos ojos marrones grandes, la ví perfecta, no tenía nada que desentonase. Sonrió cuando saludo, me sonrojé. Se dio cuenta, me lo dijo en una ocasión más tarde. En ese momento dudé de si iba a estar a la altura de ella, a la hora de hacer la sesión fotográfica, me puse nervioso, la primera vez que me pongo de esa manera, ya que nunca me sentí así, siempre controlaba todo, incluso las contrariedades. Le enseñe el estudio, y la habitación donde se podía cambiar. Luego vimos previamente lo que íbamos hacer. Salío una sesión buena, a pesar de mis nervios, salió lo que se quería. Y que elegancia y sencillez tenía Isabel, una delicadeza en las poses, de porcelana.
Nos despedimos, como en otras ocasiones, fue como una despedida de alguien a la que no volverás a ver jamás, ya que ella estaba de paso por Madrid. Le comenté que en una semana le enviaría las fotografías por wetranfer.
Fue una semana muy estresante, quería editar esas fotografías de manera espectacular, ya tenía buena base en la fotografía, eran buenas, de luz, composición, etc.. Lo que me nervaba era si le gustarían al final a Isabel.
Y llegó el día de enviárselas, comentó que estaba en París, que empezaba una gira con su compañía, lo que me puso más frenético, ni los merecidos Larios con tónica con Elena me calmaban. Me atrapó Isabel, era como la sesión de las sesiones, no sé si pudiera hacer otra igual. Y por fín el cliceo a Enviar, ya no había vuelta atrás. A esperar.
A los cinco días, recibo un e-mail de Isabel. Bloqueo mental. Y por qué se me ocurriría hacerlo antes de una sesión fotográfica. ¡Anda que yo!, ya me vale, para darme. Lo abro rápidamente. Empiezo a leer, tranquilidad ya y subidón, agradecimiento y le fascinaron. Menos mal, y luego subió dos a su IG.
De ahí, ya pensé que jamás de los jamases la volvería a ver.
A las semanas, ví en la prensa digital que su compañía estaba teniendo buenas críticas en las actuaciones que iban teniendo, y me acordé de la sesión fotográfica que hicimos, y de su delicadeza, esa elegancia que tenia, porcelana. Dejó un aurea muy buena en mi estudio, se respiraba de otra manera. En cada sesión que hacía intentaba que saliera lo mismo que con Isabel, pero no lo conseguía.
Y justo, al año siguiente, y por las misma fecha de octubre. Recibí una llamada muy especial, no la pude coger, estaba terminando un taller personalizado fotográfico para blanco y negro para profesionales, a lo que me llevó un sobresalto cuando ví quien era, solo quedaban veinte minutos, no pude coger llamada, pero que veinte minutos más eternos, no se acababan nunca, y para más INRI, el fotógrafo al que daba el taller tenía mucho palique no paraba de hablar, y no sabía como “echarle” del estudio.
Cuando terminé, intenté llamar a Isabel, estaba de los nervios, me bloqueé no sabía como saludarla cuando cogiera el teléfono, mentalmente me inventé mil conversaciones, hasta que por fín me armé de valor y dí a la tecla de llamar. Cogió el teléfono y al oír su voz tan delicada y tan dulce, transmitía mucha paz, a lo que me tranquilizó y pudimos hablar, quería otra sesión fotográfica conmigo, comentó que lo había hecho con otros fotógrafos pero le gustaba mucho mi trabajo y el trato que daba; estaba que daba saltos por el estudio, se me quedaba pequeño, creo me iba a ir la Retiro a saltar, y que a compañeras suyas de la compañía también querían. Así que tuve unos días de mucha sesiones con bailarinas. Y lo más importante de todo, que volvería a ver a Isabel y tendría unas fotografías, superespectaculares, no, lo siguiente pero elevado a infinito a su máxima potencia.
A esas sesiones las dedique todo el alma que tenía, a conciencia, quería hacerlas súper bien.
Se las envié en el plazo acordado. Y dieron mucha difusión a las fotografías, y lo que es la suerte o hacer fotografías a las personas indicadas y que se las enseñasen a la personas idóneas, me empezaron a llamar un montón de bailarinas y bailrines de muchos sitios de Europa, algo que no me esperaba y no era mi especialidad, así que tuve que estudiar el mundo del Ballet, otra cosa más.
Y lo que me llevó hacer un proyecto personal sobre este tema.
Con Isabel, que ya me había olvidado de ella, que por eso es la protagonista de esta historia, quería que la acompañara como fotógrafo de la compañía durante esa temporada, lo que me permitió hacer sesiones extras a bailarinas en los lugares que íbamos, lo que me llevo a conocer muchos sitios de Europa y EEUU, nuestra relación iba creciendo, pero nunca pensé que tendríamos algo entre nos, la veía fuera de mi alcance, una diva, pero se convirtió en mi Musa sin darme cuenta, ya que quedábamos mucho para fotografías, comer, etc..
Y por fín ya tenía planeada mi exposición de bailarinas, quería un sitio idóneo para hacerlo en la que tuviera trascedencia en todos los niveles, y fue en San Petersburgo, una ciudad que me cautivó nada más poner el pie allí, así que otro sueño realizado.
En la inauguración Isabel fue radiante, espectacular, super bella, la más bella de todas, con un traje negro pero con una hechura súper espectacular, como hecho a medida, solo para ella y nadie más, con el pelo recogido, pero un recogido que siempre había soñado, nunca se lo ví hasta ese momento, al verla me quedé como el primer día que la ví al abrir la puerta de mi estudio, no daba crédito, de mi visión se eliminaron todas la demás personas que estaban presentes, solo estaba ella, andando hacía mí, con paso tan armónico, como si estuviera bailando, me quedé sonrojado, estupefacto, asombrado, y me dijo tras darme dos besos: “tienes la misma cara que el primer día que me viste cuando abriste la puerta de tu estudio”, sonrío con una sonrisa pícara, mientras cogía discretamente mi mano derecha con su izquierda, no pude decir nada, se retiró mirándome y sonriendo con una expresión de “tendremos algo muy bonito”, y seguió saludando al resto de personas.
En la presentación de la exposición, se puso enfrente de mí, antes de subir me dijo; “tranquilo, lo harás bien, despacio”, y volvió a cogerme de la mano mientras lo decía. Mientras hablaba ví en su mirada claramente que habría algo, no podía ser en un lugar mejor, en una ciudad que me cautivó y en mi primera exposición a nivel mundial, era como un sueño, que no podía ser real, con alguien tan perfecta y en un sitio tan perfecto.
Tras cinco años con Isabel, mientras miro por la ventana, aún recuerdo aquella tarde otoño cuando abrí la puerta y ví por primera vez a Isabel.